—Es la guerra —dijo con entusiasmo—, la guerra que llega...¡Ya era
hora!
Desnoyers hizo un gesto de asombro. ¡La guerra!... ¿Qué guerra es
esa?... Había leído, como todos, en la tablilla de anuncios del antecomedor un
radiograma dando cuenta de que el gobierno austriaco acababa de enviar un
ultimátum a Serbia, sin que esto le produjese la menor emoción. Menospreciaba
las cuestiones de los Balkanes. Eran querellas de pueblos piojosos, que
acaparaban la atención del mundo, distrayéndolo de empresas más serias. ¿Cómo
podía interesar este suceso al belicoso consejero? Las dos naciones acabarían
por entenderse. La diplomacia sirve algunas veces para algo.
—No —insistió ferozmente el alemán—; es la guerra, la bendita
guerra. Rusia sostendrá a Serbia, y nosotros apoyaremos a nuestra aliada...
¿Qué hará Francia? ¿Usted sabe lo que hará Francia?...
Julio levantó los hombros con mal humor, como pidiendo que le
dejase en paz.
—Es la guerra —continuó el consejero—, la guerra preventiva que
necesitamos. Rusia crece demasiado aprisa y se prepara contra nosotros. Cuatro
años más de paz, y habrá terminado sus ferrocarriles estratégicos y su fuerza
militar, unida a la de sus aliados, valdrá tanto como la nuestra. Mejor es
darle ahora un buen golpe. Hay que aprovechar la ocasión... ¡La guerra! ¡La
guerra preventiva!
—¿No serán los otros pueblos —preguntó— los que se ven obligados a
defenderse, y ustedes los que representan un peligro para el mundo?...
—Tuve el honor de manifestarle, joven —dijo, imitando la cortante
frialdad de los diplomáticos—, que usted no es más que un sudamericano, e
ignora las cosas de Europa.
No le llamó «indio», pero Julio oyó interiormente la palabra lo
mismo que si el alemán la hubiese proferido.
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